Hijos de los Hombres
Agridulce. Ése es el sabor que me dejó esta película en los labios al salir del cine (mezclado con las eternas palomitas y coca-cola).
No estamos ante una mala película, ni mucho menos. El argumento es ingenioso y profundo, una nueva forma de Apocalipsis, quizás más cruel si cabe que una macrodestrucción a manos de un meteorito o una bomba nuclear: un mundo sin niños, un mundo con la seguridad de que a la humanidad sólo lo queda una generación de vida. Y en medio de esto, un burócrata desengañado que se ve envuelto en la salvación del tesoro más valioso de la Tierra: el primer bebé en 18 años.
Desde luego, podría aberse convertido en una de las películas del año. Podría haberse convertido en una manifestación sociopolítica hecha cine, podría... Todo se queda en "podría", porque estamos ante una película a caballo entre todos los supuestos antes descritos y el más efectista cine americano.
Los efectos especiales, el sonido, las escenas de acción... todo es impresionante, rodado con pasión cruda y un gran equipo técnico, pero ante esta avalancha de efectos especiales y acción, la historia, que es la que realmente tiene el mérito de la película, se queda en poco.
Por suerte, Cuarón ha tenido la sensatez de no rodar la película íntegramente con escenas de acción y dejar un huequecito para la reflexión, para el "dónde vamos a llegar si seguimos así". Temas como la inmigración y la xenofobia, la destrucción y contaminación de la Tierra, el valor de proteger a la infancia... Tienen su lugar en la película y en la mente del espectador, siempre y cuando no se deje llevar por las cruentas -y, en honor a la verdad, muy bien rodadas- escenas violentas y de guerra.
Eso sí: es una de las mejores interpretaciones de Clive Owen, al que, según parece, le van muy bien los papeles de héroe desencantado (no hay más que recordalo en Sin City).
Calificación: un siete, que podría haber llegado a diez si el director no se hubiese dejado llevar por el puro efectismo hollywoodiense.
No estamos ante una mala película, ni mucho menos. El argumento es ingenioso y profundo, una nueva forma de Apocalipsis, quizás más cruel si cabe que una macrodestrucción a manos de un meteorito o una bomba nuclear: un mundo sin niños, un mundo con la seguridad de que a la humanidad sólo lo queda una generación de vida. Y en medio de esto, un burócrata desengañado que se ve envuelto en la salvación del tesoro más valioso de la Tierra: el primer bebé en 18 años.
Desde luego, podría aberse convertido en una de las películas del año. Podría haberse convertido en una manifestación sociopolítica hecha cine, podría... Todo se queda en "podría", porque estamos ante una película a caballo entre todos los supuestos antes descritos y el más efectista cine americano.
Los efectos especiales, el sonido, las escenas de acción... todo es impresionante, rodado con pasión cruda y un gran equipo técnico, pero ante esta avalancha de efectos especiales y acción, la historia, que es la que realmente tiene el mérito de la película, se queda en poco.
Por suerte, Cuarón ha tenido la sensatez de no rodar la película íntegramente con escenas de acción y dejar un huequecito para la reflexión, para el "dónde vamos a llegar si seguimos así". Temas como la inmigración y la xenofobia, la destrucción y contaminación de la Tierra, el valor de proteger a la infancia... Tienen su lugar en la película y en la mente del espectador, siempre y cuando no se deje llevar por las cruentas -y, en honor a la verdad, muy bien rodadas- escenas violentas y de guerra.
Eso sí: es una de las mejores interpretaciones de Clive Owen, al que, según parece, le van muy bien los papeles de héroe desencantado (no hay más que recordalo en Sin City).
Calificación: un siete, que podría haber llegado a diez si el director no se hubiese dejado llevar por el puro efectismo hollywoodiense.
